“Sopitas” que no son sopas y su vigencia en tiempos de pandemia

Formato: artículo

Tiempo de lectura: 5 minutos

Autora: José Luis Columba Fernández

Cerca de las escuelas fiscales de La Paz era característico ver pequeños puestos de venta que ofrecían “sopitas de fideo”. Una sopa que no es sopa, un platillo cuya definición contradice al concepto. Los estudiantes eran los principales consumidores y la cancelación de las clases, a consecuencia de la pandemia del COVID-19, parecía haber replegado a las vendedoras que ofertaban este producto en las calles paceñas, pero no fue así.

En el barrio de Pampahasi, una meseta al oeste de La Paz, es posible encontrar este platillo en el anómalo año 2020. Existen pequeños puestos en la calle 23 de marzo y también en la cancha Venus. Justamente uno de los más visitados es “Sopitas Venus” de Rosemary Aliaga, que desde hace 35 años ofrece sus “sopitas”.  

Receta

La RAE define a la sopa como un plato compuesto de caldo y destaca en su descripción la presencia fundamental de líquido. De hecho, en Bolivia también se asume esa definición y existe una significativa variedad de sopas, pero particularmente en La Paz puede tener un doble significado cuando se habla de la “sopa de fideo”.  Las “sopitas” callejeras son una combinación de fideos, una pasta de maní, chuños (papas deshidratadas). En muchos lugares suelen agregar salchichas, carne de res apanada o tortillas. 

Una sopita de fideo en el barrio de Pampahasi. Foto: José Luis Columba
Una sopita de fideo en el barrio de Pampahasi. Foto: José Luis Columba

“Quienes no conocen, piensan que es caldo. Hay muchos a quienes no le gusta el caldo pero cuando ven mis sopitas, se antojan”, cuenta la cocinera.

Se podría decir que las sopitas son parientes del ají de fideo, que cuenta con múltiples variables según las regiones y recetas bolivianas. Doña Rosemary realiza una adecuada diferenciación; comenta que los niños, los principales consumidores, no comen comida muy picante y por ello se prescinde del ají. Las “sopitas” también pueden asemejarse, a los macarrones con queso, una receta que goza de gran simpatía entre la niñez, en otras latitudes del planeta.

Rosemary Aliaga en su labor diaria. Foto: José Luis Columba
Rosemary Aliaga en su labor diaria. Foto: José Luis Columba

“El maní es lo más importante. Tiene que hacerlo cocer bien, si no está bien cocido hace doler el estómago. A mi sopita le pongo apio, la hago hervir con el apio. Yo también como mi sopitas”, comenta.

Tradición

Doña Rosemary comenzó a vender a los 16 años en la escuela Delia Gambarte de Quezada del barrio de Pampahasi y desde hace 24 años lo hace en el principal escenario deportivo de la zona, que además está cerca del colegio Don Bosco. Reconoce que ante la clausura del año escolar los estudiantes dejaron de llegar a su puesto y los principales clientes ahora son obreros, trabajadores y comerciantes.

No obstante, el reinicio del campeonato de fútbol ha permitido que deportistas de todas las edades concluyan sus jornadas en el puesto de venta. “Ahora, todos comen las sopitas”.

Las “sopitas” acompañadas de carne de res apanada. Foto: José Luis Columba
Las “sopitas” acompañadas de carne de res apanada. Foto: José Luis Columba

Aliaga considera que las “sopitas” son ideales para la “sajra hora”, que es como se denomina a la merienda de media mañana en Bolivia. Ella empieza a cocinar a las 06.00 de la mañana y el puesto de venta está abierto entre las 8.00 a 13.00.

Pandemia

Doña Rosemary cuenta que la pandemia del nuevo Coronavirus tuvo un grave efecto en su labor diaria. Por un lado, ella sufre de diabetes y el temor a contraer el virus la obligó a quedarse en casa y acatar las restricciones que fueron impuestas por las autoridades. Por otro lado, cuenta que el permanecer en casa le generó un cuadro de estrés, que desencadenó en otros problemas de salud.

Comensales en el puesto de Rosemary Aliaga en la cancha Venus de Pampahasi. Foto: José Luis Columba
Comensales en el puesto de Rosemary Aliaga en la cancha Venus de Pampahasi. Foto: José Luis Columba

Tras varios meses la necesidad obligó a cambiar la rutina. “Después he abierto mi tienda en mi casa al no poder salir al quisco; los de la Alcaldía y los policías nos obligaban a cerrar, era prohibido vender. Luego vendía las sopitas en la casa, a escondidas. Ahora recién se está normalizando”, relata.

Asegura que la pandemia motivó a otras personas a abrir puestos de venta que ofrecen las “sopitas”, como una solución económica por las afectaciones de las restricciones de circulación por coronavirus. “El sabor no es igual. Mis caseros me dicen que han probado en otros lugares y no es igual”, comenta.